Dios de las luciérnagas.
De Minerva Mendoza
Extracto de la publicación
Esto a dónde voy es más largo en el tiempo, pero más corta en cuento. A los 14 años renuncié a todo lo que oliera a catolicismo y juraba, casi en nombre de Dios, que era atea, pero a los 22 años, casi como en un paseo por el bosque de mi infancia en la montaña, de a poquito y sin darme mucho cuenta, me puse a construirme un Dios a la medida de mi corazón cariado, uno que no termina de expandírseme y, a veces, de contrariarme, profundo y complejo, pero del que tal vez no venga mucho al caso hablar aquí, porque a final de cuentas, este cuento que me traigo es sólo para contar, que ahora, desde este acá en donde estoy, desde esta orilla en que desdoblo, sé que la contemplación de esa noche iluminada de la infancia, esas luces de allá arriba y esas luces de allá abajo, me sembraron en el silencio, en la soledad, y en mis noches oscuras, a mi Dios de las luciérnagas, un Dios que había bajado del cielo a poblar el campo para regalarme en el horizonte la divinidad de las estrellas, eso, o esto es sólo una historia bonita que me voy contando para espantarme al diablo cuando me salgo a fumar a media noche a la calle y no veo estrellas en el cielo.
Minerva Mendoza





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